Los Huerfanitos Cocaínomanos IV

El Gordo Franco se excede

El día que venía ella, su novia, su ex en realidad, no sabía como decirlo como era mejor dirigirse, ese término nunca le gustó. Decir ex, pero nunca aceptó que no era su novia desde algún tiempo.

Carolina y nada más que Carolina llegaba un domingo. Ese día fue a esperarla a la terminal. Hacía muchos días que no se veían como para extrañarse. La había llamado por teléfono muy entusiasmado para decirle lo mucho que la quería que la necesitaba.

Mientras la esperaba pensaba a que mueble la llevaría, como se la iba a coger. Tuvo una erección que bien tapó con su campera.

Le había comprado chocolates y le había escrito una carta de amor.

El colectivo llegó tarde. La reconoció al instante por su larga cabellera rubia y ese color mate de su piel.

Se miraron y desde ese momento supo que algo estaba mal que algo andaba mal.

– ¿Qué te pasa? –le preguntó él.

–Nada. Estoy idiota. –le dijo Carolina.

Caminaron hasta conseguir un taxi. Le preguntó si no quería comer algo si no quería ir a comer.

“Y luego por fin iríamos a un telo”, pensó.

La respuesta fue negativa.

Insistió en que le pasaba pues era imposible seguir así.

–Me gusta otro, Franco. Me siento mal por eso. Ya no me pasa nada con vos. Ahora estoy muy confundida.

Carolina rompió en llanto. El también. No podía creerlo, él pensaba que era algo eterno el amor.

Le pidió que la perdonase que se dieran un tiempo. Un mes, le pidió.

Franco le suplicó una última cogida. La respuesta de Carolina una vez mas fue negativa. Franco pidió al tachero bajarse y se bajó en Maipú y Santiago. Caminó a Bigotes a tomar una cerveza.

Mientras fumaba imaginó quién sería el hijo de puta que la estaría por besar o quien la besó quién la estaría por coger. Quién le chuparía las tetas, su culo, su concha. Y se sumergió en una angustia tremenda.

Pero Carolina siempre solía decir que “el que avisa no engaña”.

Luego de un año se volvieron a ver. Ella lo llamó por teléfono.

Se trataron cordialmente. Ella hacía de cuenta que era un amigo un confidente o hacer de cuenta que era un hermanito. Lo peor para ella y para él ya había pasado. Se hablaban como si nada hubiese pasado. Ella se reía estaba nerviosa.

El por su parte seguía igual no tenia mucho para contar. Carolina le dijo si no quería venir a una pizzeada de amigos. Que estaba viviendo en un nuevo departamento y si le gustaría conocerlo.

El pensó que era una mierda ir a ver a alguien que solo le haría perder el tiempo.  Pero no perdía nada.

“Después de todo podría cogerla”, pensó.

Llegó a Balcarce 487 tocó el 5º “B” de “bueno” como le dijo Carolina por teléfono.

Lo abrazó demasiado sobreactuado para su entender. No era para tanto.

Estaban unos compañeros de la facultad que después de comer y hablar se fueron, su hermana menor que estudiaba medicina se fue a su habitación. Ella comenzó a lavar los platos y le preguntó si quería acostarse con ella.

– ¿Podrías bajar a comprar unos chocolates mientras lavo los platos? –Le pidió Carolina.

–Está bien dale, ¿Te siguen gustando los mismos de siempre?

–Sí, me encantan.

–Bueno amor… –le dijo y se sintió estúpido por haber dicho eso.

Bajo y no dejó de pensar en la boludez que dijo.

“Menos mal que me pidió comprar chocolates, no compré forros y ¡la sucia esta se debe haber garchado a cada uno!”, pensó y se alegró un poco.

Tomaron un vino tinto que los los puso bien.

Luego ella sacó el tema de que tenía un amante que solía frecuentarla algunas veces por mes. Que era su única relación y que el tipo estaba casado, que le pedía que la esperase que iba a dejar a su mujer.

“La típica historia”, pensó el Gordo Franco.

El se imaginó que estaba enamorada de su amante, porque no dejó de hablar de él una hora. O tal vez eran más tipos y el no prestó atención. Lo que si notó es que era una chica infeliz o que se creía moderna o muy perspicaz viviendo así. Era infeliz y se notaba.

Fueron a acostarse y le dio un beso ella quedó paralizada y él también. Cogieron.

Franco en un momento la agarró del cuello y empezó a metérsela con violencia. Se sintió con ganas de hacerle daño. En un momento se cruzó una sensación de odio.

–No me gusta así Franco…

Siempre a Franco le había dado la sensación de que le gustaban los cachetazos y le metió unos cachetazos secos en la cara y las mejillas quedaron enrojecidas.

– ¡Basta por favor! ¡No me gusta asi sos un hijo de puta me lastimaste! –dijo Carolina que comenzó a llorar y entró en un ataque de nervios.

– ¡Puta de mierda si te encanta! –le dijo Franco y le pasó la pija por la cara.

El se sintió que tenía que matarla que tenia que evitar que se la cojan otros tipos peores que él

Franco se puso de mal humor cuando vio esa cara falsa, o que él creyó falsa y sobreactuada. No pudo soportarlo le pareció una cara desagradable. Pensó que a otros también les ponía esas caras ridículas.

Lo cierto es que empezó a sentir un cosquilleo que le subía por los huevos.

“Quiero verla sufrir a esta hija de puta”, pensó.

Luego sintió un zumbido en la cabeza y la palma de la mano de Carolina que se zafaba de él.

–Fuera de aquí hijo de puta –dijo Beatriz que tenía una estatua china en la mano y temblaba de los nervios.

El Gordo Franco se levantó y alzó algunas de sus cosas y se fue rápido huyendo por las escaleras y su cabeza chocolateaba. Se vistió como pudo en la oscuridad del segundo piso y se marchó. Mientras caminaba por la calle San Juan se desmayó. Y un policía lo auxilió.

–…Me robaron oficial…–dijo Franco entre sollozos y nervios.

Las hermanas se abrazaron y lloraron juntas toda la noche.

Advertisement
Envía un comentario o deja una ruta: Trackback URL.

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 210 seguidores