Lumpen
Anoche sábado, íbamos a toda velocidad, el gordo Franco y yo dentro de la camioneta del padre de José Ignacio. Este último manejaba. Paramos en Marco Avellaneda y Corrientes.
— ¿Que hacemos? —dijo el gordo.
—Y entrar —contestó José Ignacio, al tanto que peinaba cuatro lagartos sobre la guantera de la Hi-Lux.
—Tomar así es re style —dijo José Ignacio, mientra enrollaba un billete de cien dólares.
— ¿De donde es esta merquita? —le preguntó el gordo Franco.
—De ahí del Lobo, tengo un billete de veinte euros, parecen los billetes del estanciero, ¿querés tomar con este billete? —dijo José Ignacio, mientras se metía el escopetazo por las narices.
El otro tomó con el billete de veinte Euros que le había pasado José Ignacio. Sniff, sniff, sniff, Ahhh, hizo el gordo, mientras se chupeteaba los deditos rollizos.
— ¿Y vos que onda tomás o sos putito? —me dijo el Gordo.
—Yo nada, paso. —dije.
—Si a vos te gusta, vos tomaste con Gustavo.
Era mentira.
Era para meterme presión, el gordo y José estaban empecinados en que yo tomaba merca con Gustavo.
A veces me sentía un estúpido, porque yo mismo pensaba que era un idiota, pensaba que un tipo sin vicios era un tipo aburrido. De hecho el único vicio que tenia en ese momento era estar justo en ese nivel de estar entre alcoholizado y fumado y pilotearla. Y las pendejas, claro, me encanta sentir una bombachita con ese olorcito a conchita nueva, joven, me desespera.
Ellos estaban más borrachos que yo, balbuceaban palabras, y estaban orinados, se habían orinado encima mientras meaban sobre un árbol al lado del puterío de la Marco Avellaneda.
Entraron al lupanar de cuarta y eligieron a la más pendeja, porque, según ellos tenia “la concha mas cerradita”. Por mi parte dije que me quedaría a fumar afuera a cuidar la camioneta, mentí; la putas no me gustan, en realidad me deserotizan.
Ellos se fueron con la pendeja a una pieza, y se la cogerían entre los dos, que era algo que les encantaba hacer.Había una época en que iban a chuparle la concha, solo a chuparle la concha, a una estudiante de psicología que vivía en la avenida Colon y Crisóstomo Álvarez. Esta chica se ganaba así la vida, trabajando en su domicilio de altos como una putita que se quejaba que los padres no le mandaban la guita para los viveres. Y se cuenta que fue secuestrada por la una red de prostitución.
Encendí un cigarrillo y al rato escuché ruidos y gritos. Me fijé en el oscuro umbral y el fiolo lo estaba cagando a palos a José Ignacio que estaba sin los pantalones y sin los calzones. En un estado deplorable. El tipo lo llevó alzando del cuello prácticamente.
Y el gritaba: “chupale el pingo a mi amigo, chupale el pingo a mi amigo”.
El gordo Franco trató de calmarlo al fiolo. El fiolo se dio vuelta y le metió un tremendo roscazo en la jeta al gordo Franco. Lo que había pasado era que mientras Jose Ignacio se la enfundaba sin preservativo, la putita se encabronó y le dijo: “Mira pibe así no es la cosa”; entonces, José Ignacio siempre prepotente, la agarró del cuello comenzó a insultarla y la agarró de los pelos.
“No, así no se trata a una mujer por mas puta que sea”, pensé.
La mina se había quedado sin aire y gritó. Entró el fiolo y lo sacó a patadas mientras el otro iba por detrás tratando de calmarlo y explicarle al fiolo y claro, pedir disculpas.
Como será el pedo que tenia que a pesar del manotón que se había comido el gordo Franco, igual se iba riendo.
“Ahora nos matan a todos detrás de la vía”, pensé.
Por esas casualidades de la vida y que uno no entiende como pueden ser tan perfectas, porque era obvio que nos cagaban a tiros o por lo menos nos mandaban al hospital.
Llegó la madre de José Ignacio justo estaba parada en la puerta del puterío.
Ya lo había llevado una vez de la oreja, por toda la calle 25 de mayo, al enterarse de que andaba todo el día mas duro que puerta de caja fuerte, y una vez lo había ido a buscar al boliche en camisón y lo había hecho llamar por micrófono.
José Ignacio había llamado al celular de su madre y este idiota le dijo por favor “mamita sálvame que me matan”.
La vieja que justo andaba paseando en su nuevo auto y su novio nuevo llegó justo a tiempo y armó un escándalo y lo metió a José Ignacio en pelotas en la parte trasera del auto.
Al Gordo Franco le dijo:
—Y vos, no tenés otra cosa que hacer en vez de llevarlo a lugares como estos, bah como se ve que no tienen nada que hacer. Por favor no quiero que lo veas mas a mi hijo…—y lo señalaba con el dedo. —No quiero que nunca más lo veas a mi hijo. ¿Por lo menos podrías tener la amabilidad de llevarme la camioneta? Estas menos drogado que mi hijo.
El Gordo Franco no dijo nada, bajaba la mirada a cada rato. A mi ni me miraba o no sé, quizá me ignoraba a propósito. De todos modos no aguantabamos la risa.
El otro se metió en la camioneta y me preguntó si iría con él, le dije que bueno y arrancó.
Puso música, puso Violadores del Verso muy fuerte.
— ¡No sabés que sacado estaba el otro! —dictaminó. Mientras prendía un cigarrillo y pasaba el dedo por la guantera y se lo metía en la boca, que era donde el otro había peinado las rayas.
Sacó la cabeza por la ventanilla y gritó:
“¿¡Eh puto que haces a esta hora pelotudo negro de mierda1?”
El obrero iba en bicicleta con su típico uniforme Ombú, apenas se dio vuelta.
Siempre tenían esa costumbre, cuando se emborrachaban, se metían por la vereda o en contramano.
En un semáforo en rojo iba cruzando la calle un canillita, y el Gordo volvió a sacar la cabeza por la ventanilla y le dijo: “Negro de mierda ¿que te pensás de la vida? ¿Que te pensás que esa vida es buena papá?”
El tipo ni lo miró.
El semáforo seguía en rojo y el gordo no vio a un tipo que justo estaba cruzando y le dio en el costado y lo dejó tirado.
—Que pelotudo soy —me decía con cara de preocupación.
—Volvé a ayudar al tipo ese… —atiné a decirle.
— ¿Que estás loco idiota? Mira si voy preso, mi vieja me mata y no me presta mas la camioneta…
No le contesté nada y me bajé a esperar el colectivo en Cordoba y 25 de mayo.
La verdad que estaba un poco cansado de todo y el sol ya estaba anaranjando el cielo.