La increíble historia de un “puto” día de trámites
Por don Horacio Gaspar Ponce de León*
“No es para tanto, solo perdí el documento, el puto documento; por lo cual tenés que esperar entre ocho y nueve putos meses para que el registro civil se cope y te haga los tramites, puta madre”, eso pensé. No es para tanto, no, pero ¿Qué mierda es lo que tengo en la cabeza para ponerme así de pelotudo? Es la planificación de un día que no salió, encima hice cosas que no debería haber hecho desde un primer momento. Putos días para quedarse en la puta cama y de pronto me acordé que tenía que pagar las putas deudas en el banco del Tucumán, ¡mi dios! ¡Ese antro de ladrones y usureros! y se me había acabado el abono y tenia un partido de bochas y dominó en el club. El documento estaba con mi puta tarjeta de crédito. Puta tarjeta de crédito, putísima.
El día había empezado mal, me levanté tarde: a las seis y media de la mañana a cebarme unos mates y ya era un día perdido, ¡y ahora eran casi las doce! Que viejo de mierda que seré. Le dije adiós a Chichita, mi mujer y, me fui pensando en la odisea de llegar a tiempo.
“Pobre mi nieto se va quedar sin regalo de cumpleaños. Pendejo bribón, aunque… ¡semejante granuja mocoso atrevido de mierda, me parece que no se merece mas que patadas en el culo!”, pensé mientras prendía un cigarrillo que le robé a mi hijo el otro día cuando visite su antro, que él denomina como “su departamento”. Villero. Igual que los familiares de mi mujer.
Llegué tan solo cinco putos minutos después de horario a hacer el trámite del abono. Estaba putamanente cerrado, seguro que estos chantas de mierda cerraron antes; me fijé los horarios: “lunes a viernes de 8.30 a 12 y 16 a 20.30, sábados de 8.30 a 12. Llegué a las doce y cinco, putísima madre. En el banco las cosas fueron peor de lo peor: entre de lo más tranquilo hasta la puta cola, que era bastante larga por lo menos cincuenta personas. Uno de esos policías granujientos de seguridad privada se me acercó y largo play al puto casete que le dan para que diga todos los putos dias: “señor, usted no puede estar aquí, así que por favor vaya afuera y haga la cola”. ¿Qué? Retomemos.
Antes de entrar había una cola que era desde el puto banco del Tucumán, digamos que el puto edificio esta al 350… daba vuelta hasta la esquina.
Vengo a pagar-le dije al novato veinteañero y estereotipado modelo de policía imbécil-, me dijo que me vaya a hacer cola. ¿Esa cola no es para la gente que cobra planes?-pregunté al borde de la cólera que me inyectaba los putos ojos de sangre con terminaciones nerviosas azuladas, violáceas y rojas. Es para todos igual- me contestó el mocoso infeliz-, vaya a hacer la cola agregó el putrefacto cobani de seguridad privada. Miré sus pantalones, miré su uniforme y pensé: “parece uno de esos pajeros de los exploradores de Don Bosco, y encima se las tira de hampón de bajo fondo con sus ademanes de analfabeto, lumpen desgraciado, seguro que su mayor anhelo es ser de la policía de Tucumán y andar con esos handys de GI JOE y la gorrita para atrás y pegándole a borrachines como su puto padre o drogadictos como su hermano”. Me pasé de facho. Me importa un carajo, todos tenemos derecho a descargar la furia de hacer cola en estos establecimientos infernales.
Doblé la esquina y ahí me quedé de brazos cruzados murmurando y blasfemando a todos los dioses de todas las religiones y el sol mas radiante que nunca me daba cachetazos ardientes sobre mi cara, sus rayos hacían elevar a cada minuto la sensación térmica del lugar y mi cólera.
Un gordo se tiraba pedos y fumaba como un puto ekeko, dieciséis cigarrillos fumó en el transcurso de dos horas; el ultimo fue justo al final cuando tiro la impecable caja de Marlboro 20 Box. Se tiraba pedos porque se iba a cada rato para el lado de la calle y ponía cara de naipe.
Un amigo del gordo llegó y ahí nomás se metió. ¿Qué puta iba a decirle? Se puso a hablar de San Martín una hora y media. El gordo de mierda era una celebridad en Tafí Viejo, lo saludaron treinta y dos personas, dieciséis mujeres amigas de su hermana y su mujer, ocho amigos y hubo uno que no fue a trabajar que profirió: “Hoy no tenia ganas, no fui”. Vinieron cuatro adolescentes, uno que supongo es su vecino le pidió un cigarrillo y él le contestó: “El último chango, tomá”, le dio el cigarrillo y se fueron. Prendió otro a los cinco minutos. Dos mujeres policías lo saludaron y dos chiquitos que salían lo saludaron y le preguntaron algo que no escuché, no me importó ya porque había puesto el puto reproductor de música que me regalo mi yerno. Escuche unas canciones hermosas de Alfredo Zitarrosa y murió, ese desgraciado matasanos no me compró nunca las pilas recargables que me prometió. ¿Hasta esto me pasa hoy? Me resigné y traté de diseñar otra cosa para lo que quedaba para el resto del día: “Bueno son las dos y media y sigo en el banco, haré tiempo hasta las cuatro y sacaré los abonos, es solo una hora y algo más. Mato dos pájaros de un tiro”, pensé.
Al final estuve ahí, en la verdadera cola del banco, dentro del puto banco, me sentía privilegiado y veía a la gente que estaba afuera. “y pensar que yo estaba donde están esos imbéciles ahora”, me dije para mis adentros. Sólo estaba el gordo que terminó yendo al baño del banco y seis personas, entre ellos una mujer que tenía un hijo que debe haber tenido como cinco años el chico, y la muy desgraciada le había puesto pañales para estar entre los privilegiados. Lo alzaba de a ratos para hacernos creer que era un bebé, pero era un marrano que pesaba mas que el policía de seguridad que a cada rato me miraba a los ojos, aunque no podía pues tenía puesto mis clippers, “imbécil, seguro cuando trabaje para los chupapijas del comando radioeléctrico o los matones analfabetos del grupo CERO, va a querer uno de estos, pero ojo bastardo, estos son Ray Ban, la puta madre que te remil parió, vas a tener que romper muchas puertas de villas de emergencias y llevarte toda la merca y venderla y lamer muchos anos de comisarios para tener estos”, pensé y me sentí que me estaba excediendo con el pobrecillo animal. “Es casi un ser humano como nosotros”, reflexioné. Hasta que se acercó, se paró altanero y otra vez en esa pose de hampón del grupo CERO o peor, como esos soretes sobatesticulos de la DITONAR, me miró y me dijo: “Señor sáquese los lentes cuando vaya a pagar”. Sin palabras. Hay mucha gente que nunca cambia y esos son estos pseudos polizontes. Retiré lo reflexionado y mis clippers, pagué los putos trescientos cincuenta pesos a la cajera que detrás tenía un menú del bar Rigoletto, era un lampreado color ocre y ensalada de lechuga y tomate. Olía a aceite quemado de Renault 12.
Miré el reloj y eran las tres de la tarde, me sentía aliviado, solo faltaría una hermosa hora que pasa en un chasquido. Fui al bar, no al rigoletto, me parecía que no tenia ganas que me operen de vesícula, era demasiado. Pedí un sandwich de milanesa y una botella de coca-cola. Una mierda, me trajeron esa coca-cola en envase de plástico de 500cc, sabor a remedio para la tos, un verdadero asco. Devoré como bestia de carga en pocos minutos y me retiré, pues las moscas que venían de la herida sanguinolenta, infecta y putrefacta de un perro callejero, no eran del todo saludables y se estaban posando sobre el vaso. Caminé para bajar la suela de zapato de marinero que había comido, fui a una galería, miré vidrieras y algo me llamo la atención en este puto lugar, está llenos de policías, todos cobanis de cuarta que te miran mal para pedirte los documentos (que no tenía, luego me enteré que los perdí definitivamente), así que me retire por otro lado.
A las cuatro me acercaba al lugar y mis ojos se enrojecieron mis manos se pusieron duras como bolas de plomo para golpear todo lo que estuviera cerca. Estaba cerrado el puto lugar. La desesperación me estaba por llevar a cometer una puta locura. Empecé a dar vueltas como un perro que se quiere morder la cola. Esperé casi una hora más, una hora que podría haber dormido en algún banco de alguna plaza, junto con algún borrachín de cuarta y hasta quizás conversar y hacer tiempo con el malviviente, que de seguro sería uno de los pocos seres pensantes con los que me hubiese cruzado ese puto día.
Es que por el calor abrimos a la cinco desde hace tres meses-me contestó la chiquilla cuatro ojos neurótica,-el mes que viene ya empezaremos a abrir a las cuatro.
Me sonó a mentira todo. La imberbe estúpida se durmió, nadie abre un local a las cinco menos veinte, nadie llega temprano a ese tipo de trabajo de mierda. Ahora digo “¿qué mierda le costaba a esta yegua mal parida poner un cartel que diga el horario?, si tuvo tres meses, mentiras y más mentiras”, reflexioné exhausto.
¿Qué más da? Llegué a casa y bebí mucha agua.
El lunes debo empezar el trámite del puto documento nacional de puta identidad. ¿Lo harán rápido las putas autoridades incompetentes del registro civil? Sí, porque este año hay elecciones. ¡Hijos de puta!
*Jubilado, cronista y columnista de este blog.
3 respuestas hasta el momento ↓
eloi // 6 Mayo 2009 a 7:41 am |
hijos de re mil puttaaa!!!!!!!!!
LU // 26 Junio 2009 a 6:21 am |
jua jua me revolque de la risa … muy bueno, las puteadas saben a savora jajaja
NANcy // 14 Noviembre 2009 a 8:15 am |
jajja, genial! me cague de risa